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LAS GRIETAS DE LA TRANSICIÓN Y EL CONSENSO SOCIAL

El país no se detiene, pero se siente estancado bajo una niebla de incertidumbre. Para quien camina la calle, la realidad no es una gráfica macroeconómica ni una fría cifra estadística; es una coreografía de la resistencia noble y leal de un pueblo que se niega a rendirse.
Para comprender nuestra situación, es imperativo distinguir entre la fuerza que impone, la entrega que cede y el consenso que construye. Ahí están las grietas de una transición tutelada. Lo que vivimos es un proceso de transición asediado por una sofisticada forma de injerencia extranjera que, bajo la retórica de rescate democrático, esconde una pretensión de tutela sobre nuestro destino.
Esta intervención no es casual ni puramente ideológica; es profundamente extractivista. Debemos alertar sobre el peligro inminente para nuestra Soberanía Nacional, pues Venezuela no es una simple pieza del tablero geopolítico, sino el epicentro de una disputa global por el control de las mayores reservas de petróleo del mundo y de minerales estratégicos indispensables para el futuro tecnológico. La injerencia busca condicionar nuestra autonomía para garantizarse el acceso preferencial a nuestras riquezas, utilizando la crisis interna como el “caballo de Troya” para desmantelar el control soberano sobre los recursos que pertenecen a todos los venezolanos.
Esta coyuntura es el resultado de una «tormenta perfecta» donde el pueblo trabajador es la única víctima. Por un lado, el impacto criminal de las sanciones económicas, herramientas de esa injerencia que estrangula la operatividad del país; por el otro, el cáncer de la corrupción administrativa, la incapacidad técnica y un burocratismo indolente que ha carcomido la eficiencia del Estado. Ambos fenómenos, aunque de distinto origen, tienen el mismo tenor y han provocado un daño similar, la vulneración de la dignidad de quienes han sostenido el país con sus manos. Por ello, un «Pacto de Élites» o un «Acuerdo de Cúpulas» tutelado desde afuera sería una traición a la memoria del esfuerzo popular. Necesitamos con urgencia un Nuevo Consenso Social que sea el escudo de nuestra soberanía, un consenso que nazca del reconocimiento de nuestra diversidad social y del pluralismo político como un valor, pero que tenga como premisa innegociable la defensa de lo que es nuestro.
La salida a este laberinto exige suscribir un “Plan Mínimo de Recuperación Económica y Reactivación Productiva” que no admite más demoras. Este camino debe considerar la defensa irrestricta de nuestra soberanía sobre el petróleo y los minerales estratégicos, asegurando que sean el motor de la reconstrucción y no botín de potencias extranjeras. Debemos avanzar con urgencia hacia la dignificación del ingreso, devolviendo al trabajador un salario digno y restituyendo los derechos laborales, pues no hay nación soberana con ciudadanos empobrecidos. Este esfuerzo requiere, simultáneamente, una restauración ética e institucional que barra con la corrupción y la burocracia asfixiante, abriendo paso a un compromiso genuino que permita reactivar el aparato productivo nacional.
Para superar el déficit democrático es necesario un Nuevo Consenso Social donde participen trabajadores, empresarios, gremios, sectores de la academia, movimientos populares, organizaciones políticas y medios de comunicación. A partir de ese encuentro podemos recuperar la confianza de un país que hoy siente golpeadas las necesidades del hombre y la mujer de a pie.
No somos una hoja al viento de los intereses imperiales, ni el botín de guerra de una burocracia sorda. Somos un país que ha resistido estoicamente los avatares de la crisis, la estirpe de quienes no conocen la palabra capitulación. El Nuevo Consenso Social que invocamos no es la paz de los sepulcros ni el silencio de los sometidos; es la unión de las manos callosas, el intelecto crítico y la voluntad indomable de un pueblo que exige su derecho a ser dueño de su suelo y de su tiempo. Que nadie se equivoque. La Soberanía Nacional no se negocia, se defiende con la claridad de la conciencia. Venezuela no es un botín en disputa. Es necesario tapar las grietas de una transición que no puede ser tutelada desde afuera, sino parida desde un Nuevo Consenso Social que preserve la dignidad y la soberanía sobre nuestros recursos para repensar la república.

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