¿HACIA DÓNDE VA EL PAÍS?

Este movedizo escenario, con sus riesgos e implicaciones, se desencadeno con el secuestro del Presidente de la República, Nicolás Maduro, y su esposa Cilia Flores en un brutal acto de violación de la Soberanía Nacional por parte del gobierno de EE.UU. Desde ese momento, la presión externa se convirtió en el eje de un tablero político que busca someter al país, imponiendo rutas de intervención y estimulando el reacomodo de las cúpulas políticas y financieras, mientras se subestima la voz del pueblo. La herida inicial fue contra la soberanía, y desde allí se ha desplegado una estrategia de control que amenaza con redefinir nuestro destino colectivo.
La incertidumbre se ha convertido en la atmósfera cotidiana del país. Nadie sabe con certeza hacia dónde vamos. Se habla de transición, pero lo que se percibe es un reacomodo político de las cúpulas que supone acuerdos silenciosos entre factores políticos y económicos bajo una presión externa que marca la pauta de un rumbo incierto. El pueblo trabajador observa cómo se trata su destino sin voz ni participación, mientras los discursos se llenan de promesas intrascendentes y ardorosas convocatorias a resistir.
El sorpresivo anuncio de reformas a la Ley Orgánica de Hidrocarburos, a la Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras combinado con la introducción de 8 nuevos Códigos Legales parece mover las piezas de un tablero diseñado para permear un nuevo modelo de intervención que pudiera perpetuarse en el tiempo. No se explica el alcance de estas reformas ni se transparentan sus objetivos. Se pudiera estar configurando un “Nuevo Estado” sometido a la injerencia externa, donde las reservas petroleras y los derechos laborales se convierten en moneda de cambio. La opacidad es la estrategia y la herramienta para imponer un rumbo que nadie eligió.
Los riesgos son muchos y las urgencias no admiten más dilaciones. Es imprescindible decretar un verdadero ajuste salarial. No se trata de una concesión, sino de justicia histórica. El salario y los beneficios laborales fueron conquistados con décadas de lucha, con sacrificios colectivos que hoy se ven reducidos a migajas. Así mismo, recuperar el Sistema de Bienestar Social Integral es abrir un proceso de dignificación, donde la seguridad social de jubilados y pensionados sea reivindicada como pilar de la vida cotidiana. Solo así, los trabajadores sentirán que se les reconoce como protagonistas de la nación y no como piezas desechables de un modelo impuesto desde afuera.
En Guayana, como territorio estratégico, la presión se siente como un pulso que subestima la dignidad de los trabajadores y la conciencia colectiva. La vida cotidiana se convierte en resistencia con trabajadores que defienden sus derechos, comunidades que reclaman participación, voces que exigen claridad frente a la maraña de reformas. La soberanía no es un concepto abstracto, es el pan en la mesa, el salario digno, la defensa de la soberanía y la dignidad que no se entrega.
La dimensión internacional refuerza la tensión. Las sanciones contra el país, las alianzas, los acuerdos de cúpulas y los discursos externos se entrelazan con las decisiones internas, configurando un escenario donde Venezuela parece ser laboratorio de control y sometimiento. Pero la historia enseña que ningún pueblo se rinde cuando la dignidad está en juego. La conciencia colectiva y la defensa territorial son los pilares que sostienen la respuesta necesaria frente a la injerencia.
Es necesario plantear una alternativa social y política para el desenlace posible. Lo que necesitamos no es un reacomodo de cúpulas, sino un Nuevo Consenso Social y Político, amplio, plural y legítimo. Un consenso que convoque a trabajadores, comunidades, juventudes, intelectuales, la academia, fuerzas productivas y organizaciones populares. Un consenso que permita repensar el país desde abajo, desde la vida cotidiana, desde la conciencia popular.
Un Nuevo Consenso Social y Político con participación amplia y plural que facilite la reconciliación nacional y la reunificación social para repensar juntos el país que queremos, merecemos y necesitamos. Esa puede ser la vía para romper la incertidumbre que embriaga la patria, abrirle un espacio a la confianza colectiva y comenzar a definir hacia dónde va el país.

